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El ermitaño

  • laparodiad
  • 27 ago 2023
  • 1 Min. de lectura

El viejo encendió la chimenea. En el bosque hace mucho frío y viento. Era de estatura promedio. Su rostro reflejaba el peso de los años, el tiempo no fue condescendiente con él. Siempre fue un hombre gruñón. Para él, la soledad era su mejor compañera. De pronto, sonó la tetera en la cocina. Era hora de hacer el té. Tomó su taza y se dispuso a ir a su taller para terminar su trabajo más importante.


Era casi media noche. Se sentó en el banco, frente a la mesa. Sobre ella, había una hermosa figura de mujer con un rostro casi angelical, pero su mirada era profunda e infinita. Era el proyecto de toda su vida. Solo faltaba por definir su mano derecha, sosteniendo un plato con una vela encendida. Dice la literatura, que basta con su toque para entrar en el sueño profundo de la inmortalidad.


Tomó su cincel y le dio los toques finales a su escultura. Se sintió cansado y pensó que era momento de dormir. Ya era medianoche. Hubo un extraño ruido en la habitación. El viejo experimentó un escalofrío profundo al percibir en su hombro una mano suave y generosa. No supo más de sí.


Autora: Carmen Elena Pérez



LA VENUS DE MILO

 
 
 

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