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DEBAJO DE LAS OLAS

  • laparodiad
  • 23 mar 2023
  • 5 Min. de lectura

He entrado varias veces a Las Olas. Siempre con la prudencia con la que

uno se acerca a la belleza por el temor de no comprenderla, pero con el

desasosiego por sentirla cerca, por abrazarla. En la segunda entrada, apenas

alcancé a percibir a lo lejos, las figuras evanescentes e inseparables de

Bernard, Susan, Rhoda, Nevil, Jinny y Louis, haciendo cabriolas sobre ellas,

en un mar que a veces parece un plato y en otras proceloso.


Tal vez la rabiosa impotencia, la cual creo que a todos nos posee

cuando no logramos comprender lo que ingenuamente sospechamos que es,

desafía mi persistencia de antigua surfer; así, vuelvo a arriesgarme, y me

lanzo a buscar los huecos que han dejado Las Olas en la arena de mi memoria.

Son ellos, además, los que me obligan a amarrarme de nuevo al “invento” (la

novela), a remontarme y sentir ese vaivén, el fluir interno en la obra de la

escritora Londinense Virginia Wolf, y a vislumbrar el labio de Las Olas.


Impulsada por la brisa de su impecable prosa he llegado a descubrir el

punto de quiebre de Las Olas: las descripciones de sus amaneceres expuestos

por un narrador externo, sólo presentado por Wolf a través de la letra en

cursiva en toda la obra. Cada capítulo comienza con un amanecer, con una

imagen detallada, una preciosa pintura escrita del tiempo que pasa entre la

aurora hasta que llega la tarde. La percepción del tiempo, que es un tiempo

interno, en la novela está unida a esos momentos de gran belleza que a veces

se nos revelan, pero que son efímeros. Sin embargo, en la obra quedan

congelados a través de imágenes poéticas. Así construye Virginia Wolf una

apacible atmósfera marina y tres lapsos de tiempo, en los que se impone el

código visual:


“El sol no había nacido todavía. Hubiera sido imposible distinguir el mar del cielo,

excepto por los mil pliegues ligeros de las ondas que le hacían semejarse a una tela

arrugada. Poco a poco, a medida que una palidez se extendía por el cielo, una franja

sombría separó en el horizonte al cielo del mar, y la inmensa tela gris se rayó con grandes líneas que se movían debajo de su superficie, siguiéndose una a otra persiguiéndose en un ritmo sin fin”


“El sol se alzó más. Olas azules, verdes, dibujan rápidos abanicos en la playa, dejando

aquí y allá superficiales charcas de luz. Cuando se retiraron dejaron una sutil línea negra

en la arena”.


“El sol alzado ya no recostó sobre un verde colchón. Lanzando miradas través de las

líquidas piedras preciosas descubrió su rostro y miró rectamente hacia las olas”.


Y es en esta atmósfera, entre el amanecer y el atardecer, que la escritora

narra la vida de seis jóvenes personajes que se conocen desde la niñez. Con

una escritura potente e intimista, llena de metáforas, en una historia sin

grandes acciones ni conflictos, Wolf se centra en los seis personajes y nos

descubre a cada uno de ellos en su inquietante singularidad. Cada uno con su

propio lenguaje habla de lo que siente que es, de lo que representa un amigo

para el otro y también para el grupo, siempre centrándose en su vida interior y

en sus pensamientos.


La técnica denominada “fluir de la conciencia” consagró a Virginia

Wolf como una escritora que transgredió la visión clásica e idealista de contar

la realidad, técnica que luego retomaron escritores como Faulkner y Pessoa,

con sus heterónimos. Podría decirse que la escritura de Wolf representa para la

literatura, lo que las “señoritas de Avignon” a la pintura. En Las Olas (1931)

no hay introducción de diálogos, la narración en la novela es el discurrir de las

seis voces entrecruzándose. No hay cortes, ni cambios de escena, todo está

unido y a la vez bellamente separado. Cada “voz” y cada personaje, distinto, y

los reconocemos por sus pensamientos.


“La luz incidió en los árboles del jardín y dio transparencia a una hoja. Hubo una pausa.

El sol dio relieve a los muros de la casa, y se posó como la punta de un abanico cerrado en una blanca persiana… Islas de luz flotan sobre el césped- dijo Rhoda.


“Todos mis buques son blancos –dijo Susan- “Dispongo de una breve porción de libertad.

Aquí pondré un faro… Uno navega solo: éste es mi barco”.


“Cada tiempo verbal- dijo Neville- “tiene un significado diferente. En este mundo hay un orden; hay distinciones, hay diferencias, en este punto en cuyo umbral me encuentro. Sí,porque esto es sólo el principio”.


“Ahora se han ido todos” –dijo Louis–. “Estoy solo, todos estamos solos, me he quedado

en pie junto al muro entre las flores. Es muy temprano antes de las clases”.


Algunos críticos de la obra de Wolf especulan que la escritora

londinense tomó prestadas características de sus amigos, escritores de la

época, pintores, artistas, famosos a quienes conocía muy bien, para darle

hálito emocional a sus personajes; la sensibilidad de Louis la tomó, dicen, de

TS Elliot.


A Virginia Wolf la retratan sus diarios y cartas como una mujer

convencida de que su destino era develar en la escritura, sus propios ritmos

interiores y el de sus emociones más escondidas, sensaciones y movimientos

emocionales que, sospecho, le prestó a Jinny su personaje sensible e inseguro

que murmura en medio de Las Olas:


“Y seguramente escribo mal, pero lo veo todo, lo siento todo. Las palabras que yacen

dormidas se levantan ahora, suben y bajan. Una tarde, una noche, el aroma de las lilas, tu

rostro evanescente. A veces siento tu reproche, tu poder. A tu lado me convierto en esa

mujer desordenada, impulsiva que comienza a hablar de esto y lo otro, mientras solo

quiero ovillarme a tu lado como un gran capullo. A veces centrada en una interna congoja

(esa forma encapuchada que en mí siempre permanece), aun en este instante, con mis palabras quito el velo de las cosas y me pasmo al descubrir, que he sido capaz de observar

más de lo que puedo decir”


Adeline Virginia Stephenm, Virginia Wolf, (Londres, Reino Unido,

1882 - Lewes, 1941), fue escritora, ensayista y feminista pionera. En una

Inglaterra conservadora, descubrió las condiciones de la mujer escritora en su

famoso ensayo Habitación propia. A la Muerte de su padre, se trasladó a vivir

al barrio Bloomsbury, que luego dio el nombre al famoso colectivo literario:

“Grupo de Bloomsbury” integrado por importantes intelectuales de la época.

Wolf se suicidó  rellenándose los bolsillos del vestido con piedras y

zambulléndose en el rio Oise, Sussex.


Las Olas me siguen produciendo admiración por su insoportable

belleza, sin embargo, ya no me producen temor. Al contrario, las sigo

abordando como un desafío exigente pero gratificante, que me permite

navegar en el íntimo océano de Virginia Wolf, surfear con sus personajes,

sentirlos en su extrema delicadeza, escuchar la polifonía de sus voces, de sus

sentimientos, entrelazados en meditaciones sobre lo que es propio a la vida y a

la condición humana: el dolor, la muerte, los sueños, los cambios, la soledad y

el amor. Cada vez que remonto Las Olas se mengua un hueco en la arena de

mi memoria.


Autora: Wvelny Ríos Toro.

Narradora. Nacida en Marsella, Risaralda. Escribe para contar lo que también es la

vida y que a veces no se cuenta.

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