El Quijote Agónico
- laparodiad
- 23 mar 2023
- 6 Min. de lectura
Agranda la puerta, Padre,
porque no puedo pasar.
La hiciste para los niños,
yo he crecido, a mi pesar.
Si no me agrandas la
puerta,
achícame, por piedad;
vuélveme a la edad aquella
en que vivir es soñar.
Miguel de Unamuno
Hace poco un amigo, José Francisco Tovar, escribió un artículo titulado La
oración del ateo (2017). Narra allí José Francisco su acercamiento al ateísmo;
empezó su derrotero leyendo el Quijote durante su vida como estudiante, en su
infancia, hasta que llegó a don Miguel de Unamuno y su La Agonía del
Cristianismo. Aprovecho el texto de mi amigo para mis propias elucubraciones
y comentar con más abundamiento. Cosa que le agradezco grandemente.
Ya que mi querido José Francisco lee estas notas, me permito hacerle unas
pequeñas precisiones sobre don Miguel: no era salmantino a pesar de haber
vivido 43 años en Salamanca. Era bilbaíno “por los cuatro costados” como él
decía. Fue a los veintisiete (1891) en que logra la cátedra de griego en la
universidad de Salamanca y a los treinta dos (1900) como rector hasta el fin de
sus días. Para los numerólogos, vivió media vida en el siglo XIX y la otra en el
XX.
Leer El Quijote en la infancia es una de las proezas que se le puede abonar a
una persona en nuestros días. Lo felicito. Convengo que la edición ilustrada
de Doré es una de las más lindas que se hayan hecho y las notas un auténtico
tesoro. Yo también la disfruté pero en la Biblioteca Departamental de Cali
cuando estaba ubicada en el barrio Centenario. En casa teníamos una edición
más barata, cuyo mejor recuerdo son las carcajadas que daba mi hermana al
leer la aventura de Sancho con los batanes en el capítulo XX. En ese
entonces tenía ella 14 años, contraviniendo el consejo de Arturo Pérez-Reverte
de no leer El Quijote a los 15 años. En el 2015 la Real Academia de la Lengua
le encomendó hacer una adaptación para escolares. A mi parecer “darles
molido” a los escolares El Quijote, me parece atenta, contra su sentido de
análisis y disfrute de una obra monumental.
Comprendo, también como lo comenta después mi amigo José Francisco,
la conmoción que le causó la Vida de don Quijote y Sancho, que “devoró sin
digerir”. A muchos de los contemporáneos de Unamuno la publicación de la
obra les pareció oportunista por coincidir con la celebración del tricentenario de
El Quijote (1905). La calidad literaria y filosófica del ensayo Unamuniano calló
a la crítica. Don Miguel a la crítica misma, comentando el capítulo VI del
Quijote donde se relata el escrutinio de los libros leídos por el alocado hidalgo
lo deja sin comentar, respondiendo tajantemente que “trata de libros y no de
vida”.
El Quijote es uno de los curiosos casos en donde el personaje eclipsa a su
autor y cuesta recordar que Cervantes era real y no don Quijote (el otro es
Sherlock Holmes). Unamuno se considera más quijotesco y menos
cervantista. Fue el prólogo de la segunda edición de su Vida de don Quijote y
Sancho (1913), llamado El Sepulcro de don Quijote, el que me agregó a la
Santa Cruzada de rescatar y preservar el sepulcro de don Quijote de la
ramplonería ambiente. Me hice más devoto de don Quijote y de rebote de don
Miguel de Unamuno.
Lo que me suena extraño es que José Francisco contara que su padre,
el de José, era un “librepensador de los de raca mandaca” y no permitiera un
ejemplar de la biblia en su casa. Apuntemos, querido lector, que mi amigo
José Francisco es un octogenario y la época de su niñez transcurrió durante la
violencia colombiana. El liberalismo acérrimo combatía violentamente con
aquello que rezumara conservadurismo y anquilosamiento cultural; cosa que
avivaba la Iglesia Católica. De todos modos esta grande oposición me suena
más bien a intransigencia ideológica partidista. En mi opinión un librepensador
debería tener un ejemplar de la biblia y haberlo leído para no caer en
monsergas religiosas. No hay mejor método para hacer ateos que leer la biblia
completa.
Intuyo que el activismo del padre de José Francisco, el mote o afiliación
de liberal no es el mismo que Unamuno profesaba. Para don Miguel de Unamuno
el liberalismo era un método, como lo había aprendido en su casa bajo la
sombra tutelar de la abuela Benita Unamuno y Larraza. “Un método para
plantear y tratar de resolver los problemas políticos y no una solución
dogmática de ellos” como lo dice en uno de sus últimos artículos de 1936,
Abolengo Liberal.
En su momento alguien invitó a José Francisco a que no tuviera ídolos
y le invitó a que tenga “pensamientos independientes”. Yo pienso que los
pensamientos como las ideas son “hijos expósitos” que acogemos, criamos y
en muchos casos hacemos medrar o abandonamos a su suerte. En todo caso
no podemos ser ajenos a ellos. Ya lo dijo el apóstol Pablo a Timoteo “¿qué tienes tú que no hayas recibido?” Borges en sus comienzos literarios imitaba a don Miguel de Unamuno; tenía gran admiración por él. Tomó su propio rumbo, luego de su aventura ultraísta y se convirtió en el Borges conocido detodos. ¡Ah! Luego renegó y hasta se burló del estilo de don Miguel. ¡Qué curiosa reacción! Le habría emocionado a Unamuno saber que fue objeto de burla como su admirado don Quijote.
Es irónico que sean don Miguel, y demás sucesos que narra en su texto,
el que propiciara en mi amigo José Francisco su ateísmo. Unamuno mismo fue
sospechoso para la multinacional del crimen católica como hereje. Él se
debatía entre la duda, entre creer y no creer y eso confundía a la iglesia. Su
libro La Agonía del Cristianismo, que publicó originalmente en francés en 1925,
ingresó al Índice. Allí cuestiona la inmortalidad del alma como un dogma
filosófico pagano sacado del Fedón platónico. Como gran forjador de
paradojas, otro Chesterton, don Miguel mismo era una gran paradoja para sus
coetáneos y sus críticos.
Los que hemos leído a don Miguel y que de cuando en cuando nos
regodeamos visitándole “en el destierro de la memoria”, como cantó él mismo,
no podemos dejar de pasar que en sus obras esbozó su método para
aprovechar esa racionalización de su fe, ese abismamiento en el fondo
Pascaliano de la duda y hacer de esa lucha, de esa agonía, su profesión de fe.
Su obra toda (ensayo, novela, poesía, etc.) es una constante exposición
de su dudar y su forma de enfrentar la duda. Sobresalen Nicodemo el Fariseo,
nacido de su crisis religiosa en 1878 donde quiere que se le ayude a creer, en
el ensayo Mi Religión recobra la etimología de la palabra “escéptico” como
investigador que no se contenta con cosas definitivas, de manual. Luego
desemboca a su libro capital, Del Sentimiento Trágico de la Vida donde
sistematiza y propone una solución al dilema.
Unamuno, o más bien su recuerdo y memoria, en estos tiempos presentes
ha tenido un resurgimiento tan inusitado como controversial. Tiempos en que la
mentira campea y manipula como “fake news” (filfas o paparruchas en
castellano castizo). Usadas como armas para desinformar a la opinión y
sembrar en corazones ligeros y en mentes obcecadas y perezosas de cotejar
la información con ideologías trasnochadas y peligrosas. Antaño pasaba en
los tiempos de infancia de mi amigo José Francisco y hogaño, ante el remolino
desenfrenado de las redes sociales y la información instantánea de Internet, la
polarización generada arrecia con mantener el statuo quo de la élite
gobernante.
En algunas películas recientes; ambientadas en los últimos meses de la vida
de Unamuno y en el comienzo de esa guerra “incivil” que desgarró a España
en el siglo pasado, su figura se agranda y se empiezan a surgir los debates
entre “los hunos y los otros” actuales. Unos defienden el papel del caudillo
sublevado, Franco mientras los otros se alinean a favor de los republicanos.
Tales películas son Mientras dure la guerra (2019) de Alejandro Amenábar y La
isla del viento (2016) y Palabras para un fin del Mundo (2020) de Manuel
Menchón; este último un documental.
Es principal tema la posición de don Miguel. Al principio apoyó a los
sublevados, luego dándose cuenta y sufrido de los horrores que preveía (el
fascismo exógeno ya permeaba en la sublevación y el caudillo daba visos de
ello), se opuso valientemente, quijotescamente a ellos. Famoso es su
encontrón con el general Millán Astray en el paraninfo de la universidad de
Salamanca el 12 de octubre de 1936 durante la celebración del entonces Día
de la Raza.
En el documental de Menchón se retrata nuestra actualidad usando la agonía
de nuestro don Miguel. De cómo la mentira, que tanto combatió Unamuno:
“Primero la verdad que la paz”, se usó para aprovecharse de una persona
pública, de la cual no se podía deshacer tan sumariamente como lo hacía con
otras personalidades (“Pobre Lorca” lamentaría don Miguel). Recordemos que
cuando no se lucha y se deja a la deriva la obra, aparecen mestureros,
tergiversadores y apropiadores que se aprovechan.
Se dice que Cervantes al enterarse que había una segunda parte espuria de su
Quijote y que cierta fama iba cobrando, inmediatamente puso manos a la obra
para culminar la saga de nuestro querido caballero andante. Tanto se
sobrepuso Cervantes, que nuestros Don Quijote y Sancho se regodean
comentando lo que de ellos se dice en la apócrifa obra de Avellaneda.
Don Miguel de Unamuno no tuvo oportunidad de retrucar a las mentiras
que el nuevo régimen iba sembrando en la opinión pública sobre él. Murió en
nochevieja de 1936. Su agonía luchando quijotescamente por la verdad se
truncó con su sospechosa muerte, es muy probable que haya sido asesinado.
Me atrevo a pensar que todos, cuando trasponemos cierta edad, evaluamos
nuestra propia vida y nuestro próximo fin. Ahí es donde me junto a José
Francisco, a don Miguel y a don Quijote. Como especie somos todos
hermanos en el dolor, para sacar fuerzas ante lo inminente y vivir, vivir de tal
forma que morir sea una injusticia.
Autor:Sandor Espinosa

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