In da house
- laparodiad
- 26 ago 2023
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 28 ago 2023
¿Ustedes saben lo que se siente estar en mi pellejo? ¿Ustedes creen que les gustaría estar viendo lo que yo veo, pensar lo que yo pienso, intuir lo que intuyo e inclusive oír lo que yo escucho?
Quisiera adelantar la respuesta y decir un no rotundo, pero caería en el error de ser sensacionalista y hacer el ridículo por creer que me las sé todas. Lo cierto es que desde hace un buen tiempo viene ocurriendo algo que me tiene pensando y provoca en mí temblores.Por esta razón me pone a dudar si es la tierra que se está moviendo o soy yo de nuevo.
¿Alguna vez alguien piensa en la suerte de una casa después de más de veinte años de construcción? Sí, sí, ya sé, van a decir que es muy poco tiempo para que se desvalorice. Al contrario, una casa se valoriza cada año, cada vez más. Ahora debo valer una fortuna, mucho más que cuando me construyeron, y si, de paso, he sido modificada, remodelada o me han estirado en estatura poniendo más pisos, entonces pensarán que soy más costosa, pues la respuesta es no, no, no lo soy.
No se extrañen, no hay nada de misterioso en esto, no es que esté embrujada, asuste a mis visitantes en las noches o mucho menos que me los trague uno a uno mientras siguen vivos. Ahora lo que ocurre es que pasé de ser una casa fantástica, habitada por personas felices, a ser una casa desierta, donde nadie pisa ni siquiera para sujetarse el cordón de los zapatos. Ya perdí la cuenta de cuando fue la última vez que me realizaron una limpieza tipo spa, ya saben, manos y pies exfoliados, limpieza de impurezas, esmaltado, pulidor… Estoy tan llena de polvo, no sufro de alergias y ningún virus está cerca de mí.
La familia que vivía en mí, salió muy campante una mañana, llevaban muchas maletas, como era de costumbre para sus viajes de verano. Siempre hacían una reverencia de despedida y me recitaban algunas palabras que ellos llamaban “mantras” para dejarme protegida mientras regresaban.
Recuerdo verlos marcharse en su minivan, muy despacio. En su marcha imaginé a diario cómo sería su regreso, cómo vendrían y qué iban a contarme porque eso sí, mis oídos están por toda la casa, no me gusta perderme de un solo detalle, es mi regla principal: Oídos para qué los tengo si no es para oír todo lo que en esta casa circule.
Una noche soñé que ellos volvían, me contaban sobre su perdida durante el camino y las adversidades que tuvieron que atravesar para llegar al fin a su cabaña de vacaciones, eso me tranquilizó, pero la paciencia se me fue yendo cuando se acabó el verano y su minivan no venía de regreso. Así se completaron muchos años. Nadie vino por mí. Comencé a sentirme cansada y sin compañía, esperé durante días y noches e incluso me permití sentir la lluvia solo por esperar la visita de alguien, nadie vino.
Me enfurecí tanto que fui agrietando las paredes y sacando a volar varios ladrillos, lloré dejando salir toda el agua lluvia que había guardado y esperé a quedar seca por completo. La gente pasaba y me gritaba:
—¡Cosa más fea!
En mi defensa quebraba los vidrios de mi ventana para que les cayera sobre su espalda y escuchar su reproche.
—¿Quién fue el infame?
Ahora, en este punto de mi vida, aprendí a sobrevivir en medio de la soledad, imaginando la llegada de alguien y comprendiendo que la abrumación era mi única y nefasta compañera, la cual, no se la deseo a ninguno.
Por eso arranqué mis cimientos, sintiendo que se desprendían pedazos de mí, la gente que aún seguía buscando a quien les había lanzado vidrios gritaba: —¡¿Qué loco está moviendo esa casa?!— Todo porque decidí pasarme al otro lado de la calle.
Ellos no lo entendían, pero no importaba, yo sabía lo que estaba por ocurrir. No tenía que saberlo nadie más. No lo pensé dos veces, me perfumé en gasolina y me adorné con aretes de cerillo en cada ventana. Me quemé y prontamente mi ambiente se convirtió en fogaje. El calor de las llamas era más acogedor. Rodeada de soles, comencé a ver personas bienintencionadas al mencionar su deseo de haber habitado. Nunca más me sentí sola, y les confieso, estando incendiada, me di cuenta de que, estar ahí era mejor que estar en el mundo real.
Autora: María Antonia Barrios

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