La caja
- laparodiad
- 26 ago 2023
- 4 Min. de lectura
No sé en qué momento mi vida cambió. No tengo ese recuerdo. Apenas veo imágenes fugaces de mi niñez en la casa alquilada. Un gran patio que nos servía a mis hermanos y a mí para disfrutar de nuestra inocencia. Siempre inventando un juego, una distracción, una travesura. Una vez entramos en el cuarto de las cosas que estaban en espera de reparación. Llamó nuestra atención una caja. Era pequeña, de cartón. Estaba sobre la mesa azul, con sus cuatro extremos superpuestos. Mis hermanos y yo nos miramos con picardía y curiosidad. Bastaba que nos viéramos para entender que pensábamos lo mismo.
Nos acercamos sigilosamente para que nuestros padres no se dieran cuenta de que estábamos en el cuarto de los trastes viejos. El cuarto no era muy luminoso. Tenía humedad y muchas cosas inservibles y dañadas. Mi hermano William se tropezó con la vieja mesa oxidada que alguna vez perteneció al comedor de la abuela. Su cara palideció como un papel. Sus ojos llenos de inocencia y miedo recorrieron toda habitación hasta detenerse en la puerta. Pero, nuestros padres no escucharon el fuerte chirrido que hizo la mesa oxidada.
Al estar casi cerca de la mesa azul, nuestra curiosidad se avivó con intensidad. Abrimos la caja con cautela y curiosidad. Era muy extraña por dentro. Creímos que encerraba algún juguete, o algo especial. Sin embargo, mi hermano del medio, Misael, yo era la menor, mostró un rostro de terror al percatarse que la caja por dentro no tenía nada. Era oscura y profunda. No tenía fondo. Se escuchaba en el fondo muchos ecos confusos.
Para probar su profundidad, arrojé un pedazo de papel que estaba en el piso. Tenía algo escrito. Era una carta firmada por la abuela. No pudimos ver dónde cayó el papel. Escuchamos pasos cerca de la puerta. Mi hermano Misael se escondió debajo de la mesa azul. William y yo nos escondimos detrás de un viejo armario. Los pasos se alejaron hacia el patio de la casa. Aprovechamos y salimos corriendo a nuestro cuarto.
Después de cenar, mi hermano mayor se fue al cuarto para estudiar. Unos segundos después escuchamos un grito de terror. Todos corrimos hacia el cuarto para ver qué le sucedía. Mudo, señalaba con su dedo hacia el escritorio que hay en nuestro cuarto, al lado de la litera. Misael y yo quedamos perplejos frente a lo que se encontraba en la mesa. Mamá y papá, aterrados, se acercaron a nosotros y nos pidieron que saliéramos de la habitación. No entendíamos lo que pasaba. En la mesa se encontraba la caja abierta, con su fondo oscuro y sin fin, pero con voces dolorosas que salían de las entrañas de la caja. Eran voces con gritos, con llantos, con dolor. Clamaban por la liberación.
Mamá y papá nos llevaron a su habitación. Nos preguntaron si habíamos entrado al cuarto de las cosas por arreglar. Le dijimos que sí. Nos gritaron y reprendieron por desobedecer sus órdenes. Le contamos que al entrar nos llamó la atención la caja. Creíamos que tenía alguna sorpresa o juguete. Le dije, que yo arrojé un papel que estaba en el suelo, que tenía el nombre de la abuela. Mamá palideció. Salió de la habitación para buscar el teléfono. Llamó a mi tía Domitila para preguntar por mi abuela. Mi tía angustiada le respondió que la abuela tenía la mente en blanco, que perdió todos sus recuerdos.
Mis hermanos y yo, no entendíamos lo que pasaba. Papá nos explicó que esa caja él la trajo de Jerusalén, cuando fue a trabajar en su primera expedición arqueológica. La caja simboliza el dolor y la alegría del ser humano. Era capaz de acceder a tus recuerdos buenos y malos, y borrarlos para siempre. La caja era un ser viviente. Puede destruir toda una vida de recuerdos, como ocurrió con la abuela. Te convierte en un ser vacío, sin alma. Pierdes tu identidad.
La caja tiene su origen antes de Cristo. Los judíos la utilizaron para terminar con el tormento que les dejó su participación en la crucifixión de Jesús. Después de esto, fue confinada en una cueva oculta, hasta que en mi primera expedición la encontré. Es muy peligrosa, pero no se puede destruir.
Mamá lloraba inconsolable por mi abuela. Mis hermanos y yo la abrazamos solicitando su perdón. Fue nuestra culpa que la abuela olvidara todo. Papá se llevó la caja al cuarto de los desechos. Todos decidimos ir a dormir.
Al despertar, mamá estaba en la cocina, conversando en secreto con mi papá. Me dijeron que llamara a mis hermanos. Nos reunieron para informarnos que la caja sería sacada de la casa, para ser ocultada lejos de cualquier persona que pudiera sufrir la desgracia de encontrarse con ella.
Cuando papá fue al cuarto a buscar la caja, no estaba. Todos tuvimos que salir a recorrer toda la casa para buscarla. La caja cada vez se hacía más fuerte. Podía moverse a su antojo por todos lados. Nos acechaba constantemente. Yo sentía que me observaba en todas partes, y así fue, pues, la caja se había tragado la casa alquilada con nosotros mientras dormíamos. Por ello me dispuse a escribir lo más rápido que pude, esta historia, antes de olvidarlo todo. Mi pasado, mi presente. Ya no tengo futuro. Pero debo alertar a todos en la comunidad, que no abran la caja, pero ya no recuerdo el porqué…
Autor: CARMEN ELENA PÉREZ

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