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Pilares

  • laparodiad
  • 26 ago 2023
  • 3 Min. de lectura

Inés escuchó los aplausos y con ellos, su nombre. Tomó su guitarra, caminó despacio, salió al escenario y sonrió. Se sentó y esperó.


- ¿Dónde está Pilar? - preguntó mientras tapaba el micrófono y miraba hacia atrás.


- ¿Pilar? – el presentador la miró azorado.


-Mi planta – respondió Inés.


- ¿Dónde está Pilar? - preguntó el presentador a los utileros.


- ¿Qué Pilar? – susurraron en coro.


-La planta – respondió Inés mientras se ponía de pie – ¿Dónde está la planta que traje para que pusieran en el escenario conmigo?


El auditorio empezó a aplaudir ignorante de que pasaba con ella, coreaban su nombre mientras aplaudían.


La bautizó Pilar como la finada Pilar, su amiga y cantora. Vivía en una maceta especial, diferente a la de todas las plantas de su casa. Estaba decorada con notas musicales, las blancas, por obvias razones, eran blancas, las negras, negras, decidió que las corcheas serían amarillas, las semicorcheas azules, las fusas verdes y las semifusas llevaban los colores del arco iris. Una tarde, mientras Inés rociaba agua las hojas grandes de Pilar, la planta, empezó a cantar “Tonada para un viejo amor”, la canción preferida de Pilar, la cantora; le pareció que las notas se movían sobre la superficie de la maceta. Corrió por su vieja guitarra, compañera de cantatas por décadas, que desde hacía años había condenado al olvido. Rasgó las cuerdas, las notas se movieron, ella observó los acordes, empezó a tocar y cantar: “Y nunca te he de olvidar, en la arena me escribías, el viento lo fue borrando y estoy más solo mirando el mar…" La voz, al principio atada con un nudo en la mitad de su garganta, sonó ronca y pastosa y a medida que se fueron sucediendo las estrofas, la tristeza se convirtió en dicha, fiesta.


No le contó a nadie. Día tras día, después de rociar agua a las hojas de Pilar, la planta, se sentaba a tocar y a cantar. Las notas parecían esperarla. Su voz empezó a sonar más clara y entonada, podía cantar una, dos horas, los dedos ya no le dolían y tampoco el alma. Cuando salía a la calle sus vecinos la felicitaban, le agradecían las serenatas vespertinas que coloreaban las tardes de brisa cálida.


El tiempo pasó con rapidez entre notas y llegó el día del aniversario de la muerte de Pilar, la cantora. Se había corrido la voz de que Inés se sabía todo su repertorio de canciones.


-Tienes que ir – casi le ordenó una de sus hermanas.


-No me interesa – contestó Inés quien, mientras hablaba por teléfono, rociaba las hojas de Pilar, la planta.


-Pero tus vecinos dicen que estás cantando hermoso – rogó su hermana.


-Gracias, pero no, cantar en público ya no me interesa – colgó y fue por su guitarra.


Se sentó frente a Pilar, la planta, se acomodó para cantar y las notas se quedaron quietas.


- ¿Qué pasa Pilar? ¿Por qué no tocas? - Pilar muda.


- ¿Es por lo de la llamada? No quiero ir, ya mi tiempo de cantar en público terminó – las notas se movieron caóticas.


- ¿Quieres que lo haga? – Inés sonrió y empezó a cantar “Aunque se bien que te irás, nada podrá borrar las huellas que has dejado aquí…”Se detuvo, marcó el teléfono."


-Hola, lo haré. Pero con una condición, quiero llevar la planta que me regaló Pilar…listo…me avistan la fecha exacta.


Aunque tenía ensayadas más de diez canciones, les dijo que sólo cantaría cinco y nada más. Aceptaron. Siempre había cantado bien, se movía bien por el escenario, sabía enamorar al público, no tenían ni siquiera que escucharla, si ella había dicho que sí lo haría, era porque estaba lista.


Inés dejó la guitarra en el escenario y fue a buscar a Pilar, la planta. La habían puesto en el pequeño cuarto destinado como camerino para que ella se relajara antes de la presentación. La planta no era demasiado grande, una sola persona era capaz de cargarla, así que le ordenó a Luis, el presentador, que además de músico era amigo de toda la vida y conocía de su carácter fuerte, que la llevara él mismo hasta el escenario. Inés se sentó de nuevo frente al auditorio, tomó si guitarra y esperó seria. Luis entró con Pilar, la planta, en sus manos. Se escucharon risas desde el auditorio y aplausos. Luis se sonrojó, dio un traspié y cayó al piso con planta y todo. La maceta se hizo pedazos en frente de una Inés espantada. Había tierra por todos lados, la planta yacía desmayada sobre el piso y las notas, estaban rotas.


Se sintió un aroma a flores, las notas se despegaron de los pedazos de cerámica y empezaron a dar vueltas alrededor de Inés quien, por primera vez en su vida, tocó de memoria no cinco, como había prometido, sino todas las canciones favoritas de Pilar, la cantora.


Autora: Ana María Reyes.



Imagen a quien corresponda.

 
 
 

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